
Lengua de hielo en la Gran Rampa.

Esperando nuestro turno antes del P-90.

Pasamanos en el río.

Saliendo por la Cueva de Santa Elena.

Nuestro grupo en la salida.
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Por fin descendimos los tres pozos ya reinstalados (P29, P9, P30) que daban acceso a nuestra zona de trabajo, los pasamanos intermedios. Se cambiaron los anclajes y las cuerdas que quedarían fijas. Llenamos nuestras sacas con las cuerdas viejas incluida la del siguiente pasamanos en rampa que nos acercaban a unos cortos y a veces estrechos pozos. Llegamos al famoso y esperado P90, en el que ya hace tiempo no hay tirolina, en su lugar descendimos hasta la repisa intermedia con un rapel guiado por dos cuerdas fijas, en este punto nos pasamos al pozo paralelo que se desciende en dos tramos hasta llegar a su base donde descansamos un poco dejando así espacio al grupo anterior que habíamos vuelto a alcanzar. Mientras esperábamos los compañeros, más experimentados y que habían hecho la travesía en otras ocasiones, se sorprendieron del alto nivel de agua que había en este punto, llegando a intuir que a partir de ahora, las galerías llevarían mucha, mucha agua. Sólo Manolo iba equipado con el peto del neopreno, el resto habíamos decidido prescindir de él para poder portear más material, confiando en que al llevar un ritmo fluido de progresión podríamos aguantar las bajas temperaturas a las que nos exponíamos estando en contacto con el curso activo de agua. Así pues nos armamos de valor y fuimos progresando por la anegada galería principal en ocasiones ayudados por pasamanos (en otras ocasiones daba la sensación de que el pasamanos fuese un obstáculo más a superar). No pocas veces salimos del curso de agua para trepar y destrepar por los abundantes caos de bloques. Contaba con tener agua hasta el pecho, pero no con tener que nadar, como anunciaron mis compañeros al comienzo de la galería. Y así fue, por un momento mis pies dejaron de tocar el suelo. Estaba tiritando y notaba entumecida la musculatura de la mandíbula, pero no le di mayor importancia, ya sabíamos que íbamos a pasar frío, continuamos avanzando, trepando y destrepando, con algún que otro resbalón y caída, a las 00:30 volvimos a alcanzar al tercer grupo, pero en esta ocasión la situación era distinta, también estaba junto a ellos el segundo grupo, y todos estaban envueltos en las mantas térmicas. Aquella imagen me desconcertó, una vez que ya estaba yo también bajo las mantas me percaté de que la musculatura de mi rostro estaba más entumecida que antes y no se entendían bien mis palabras. Ya no tiritaba, todo mi cuerpo temblaba y se producían espasmos musculares involuntarios.
Posteriormente comprendí que aquella detención se vio motivada por lo dificultoso que suponía el avance, ya que al abundante caudal se le había sumado el agua propia del deshielo y de la fuerte tormenta que había en el exterior. El curso de agua cada vez se hizo más abundante y fuerte hasta que en este punto sifonó un pequeño paso y la fuerza del agua impidió usar la alternativa por encima de la roca.
Ya había pasado casi una hora y todos nos pusimos en marcha. El agua había bajado lo suficiente para poder respirar en el paso, y además para continuar se instaló un nuevo pasamanos que por lo menos nos dio más confianza. Yo, al querer incorporarme y moverme me di cuenta de que mis músculos no daban toda la respuesta que yo les pedía, me costaba moverme, todo mi cuerpo estaba entumecido. Con torpes balbuceos pude avisar a un compañero de mi grupo de cual era mi situación física. En pocos minutos me vi protagonista de unas de esas historias que cuentan otros espeleólogos, recordando momentos duros en los que tratan de mantener, incluso recuperar la temperatura corporal de algún compañero en apuros. El viejo carburero de Raúl me ayudó mucho a la hora de intentar recuperar algo de movilidad. No me sentía recuperada, pero había que salir de allí, así que con los fuertes ánimos y el apoyo de mis compañeros continuamos la travesía por los ya últimos tramos de la galería, superando zonas por las que discurría el curso del agua, unas veces con pasamanos y otras sin ellos, unas veces nadando y otras arrastrados por la corriente, y también pasando por varios caos de bloques en los que tuve que aceptar la mano que me tendían mis compañeros para ayudarme, mis músculos no eran capaces de desarrollar la fuerza que yo les pedía.
Una vez superadas las doce horas dentro de la cavidad, la estancia y progresión se hizo dura para todos. Todos estábamos cansados, mojados, con frío, doloridos y se me hizo extraño escuchar las quejas y exclamaciones malsonantes de alguno de mis compañeros, pero la situación no era para menos, estábamos acusando fuertemente el frío y la ausencia de neopreno. Continuamos un poco más por la galería principal entre agua y buscando los mejores pasos por entre los caos de bloques y alcanzamos un pozo ascendente equipado con dos vías paralelas que nos alejarían del agua, conduciéndonos hacia los pasos estrechos que anuncian el inminente final de la travesía. De nuevo, como en la boca de entrada, sentíamos fuertes corrientes de frío viento que nos ayudaban a no detener nuestra marcha, pues sabíamos que la salida estaba muy próxima, y justo en la penúltima estrechez volvimos a alcanzar al grupo precedente.
Y por fin, a las 08:35 del domingo 4 de julio, salía por la boca inferior de nuestra travesía. Habían pasado 17 horas desde que habíamos entrado, allí nos esperaban compañeros del primer grupo que sospechaban que habríamos tenido algún percance, pues tardábamos en salir bastante más de lo previsto.
Estábamos todos cansados y con mucho frío, nuestras crónicas lesiones se dejaban sentir, pero todos habíamos conseguido salir por nuestro propio pie, y así conseguimos llegar hasta la pista del Valle de Bujaruelo. Bueno, yo salí por mis propios pies, pero sin mis compañeros animándome, porteando mis cosas, tendiéndome la mano y cediéndome incluso sus hombros es posible que no hubiese salido.
Tras cambiarnos de ropa nos reunimos todos los participantes de la limpieza y reinstalación de la travesía T1-Santa Elena para compartir nuestras experiencias, sacar conclusiones, comer algo y recuperar fuerzas.No nos entretuvimos mucho, una vez secos y con el estómago lleno fuimos emprendiendo nuestra vuelta a casa con muchas ganas de quedarnos en ellas lo que quedaba del día para poder descansar.
Beti
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